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Asesinas en serie

Ángeles de la muerte, viudas negras, depredadoras sexuales, ladronas… no existe un solo patrón que pueda unir las historias que se conocen sobre asesinas en serie. Diferentes motivaciones, sustratos sociales o edades hacen que trazar un perfil sea una tarea complicada.

Además, su incidencia dentro de esta tipología criminal, es baja: se estima que sólo el 15% de los asesinos en serie son mujeres (las cifras corresponden a EEUU). Generalmente tienen carreras criminales de corta duración y en su mayoría prefieren el envenenamiento como forma de ejecutar a sus víctimas. El móvil económico es el más habitual. Quizá es en la condena donde más en común tienen todas ellas: desde largas (o definitivas) permanencias en prisión a, incluso, la pena capital.

Sin embargo, a pesar de que estadísticamente son menos frecuentes, en el siglo XX se documentaron un buen número de casos que, en mayor o menor medida, alcanzaron notoriedad a través de las páginas de sucesos, de obras literarios o, incluso, de películas. Esto último fue lo que sucedió con la norteamericana Aileen Wuornos quien, entre noviembre del 89 y el mismo mes de 1990, asesinó a siete hombres que supuestamente contrataron sus servicios como prostituta. Fue condenada en 1992 y ejecutada en Florida en 2002. Su historia fue llevada al cine sólo un año después (Charlize Theron ganaría el Óscar por la interpretación de Wuornos).

Otro caso que tuvo un largo recorrido editorial que desembocó, incluso, en el notable libro de Gordon Burn “Felices como asesinos”, fue el del matrimonio West. Rosemary West, en complicidad con su esposo Fred, fue responsable de la muerte y, en muchos de los casos, de torturas de índole sexual, de nueve jóvenes, entre ellas su hijastra y una de sus hijas. La sórdida historia de esta pareja británica incluye secuestros, violaciones, prostitución… y la “convivencia” familiar con sus ocho hijos, víctimas también del sadismo de sus padres. Mientras que Fred se suicidó al tiempo de ser detenido, Rosemary fue juzgada y condenada a cadena perpetua en 1995.

Pero no sólo hay asesinas en serie en el mundo anglosajón. Desde casos documentados hace cientos de años como el de la condesa húngara Elizabeth Bathory, que secuestró y mató a más de 600 jóvenes con la enfermiza creencia de que bebiendo su sangre se conservaría joven, hasta Juana Barraza, la exluchadora mexicana que a principios de este siglo asesinó a 17 ancianas antes de ser detenida y condenada a cadena perpetua, ningún país parece escaparse a la aparición de este tipo de criminales.

Y, por desgracia, España no es una excepción. Hay dos casos que rápidamente atrajeron la atención mediática en su momento, el de Remedios Sánchez y el de Encarnación Jiménez. La primera, una gallega con problemas de adicción al juego, asesinó en Barcelona a tres ancianas y lo intentó con otras 10. Su modus operandi era buscar mujeres mayores que viviesen solas, ganarse su confianza y, una vez dentro del hogar de la víctima, golpearla y asfixiarlas hasta hacerlas perder el conocimiento y poder robar lo que encontrase de valor. Sus crímenes generaron una fuerte alarma en la ciudad, y tuvo en jaque a los mossos hasta que, después de una compleja investigación y un amplio dispositivo policial, consiguieron apresarla. En cuanto a Encarnación Jiménez, ama de casa madrileña y madre de familia numerosa, cuando su marido se marchaba al trabajo, comenzaba una violenta doble vida en la que agredía y robaba, como en el caso anterior, a ancianas que viviesen solas. En menos de medio año perpetró 20 asaltos en los que fallecieron dos de las víctimas.